Uno de los grandes retos del mundo moderno es la cada vez más acentuada incertidumbre.
Atravesar la pandemia y más que esta, las reacciones adoptadas por los diferentes países a nivel global, en algo que podría asimilarse a un juego de bolos, en que paulatinamente – en los tiempos que cada país ha definido – los pines se han ido levantando, ha acrecentado la conciencia respecto de algunas históricas incertidumbres que ha afrontado la humanidad, entre las que se encuentran los aspectos sanitarios, los retos que motivan a encontrar eficaces alternativas para reducir las brechas sociales y procurar disponer acciones duraderas que amplíen la conciencia sobre el cuidado de los recursos naturales otorgándole un tiempo de descanso perenne al globo terráqueo, y en tal sentido, a encontrar en la actividad económica un propósito que trascienda al exclusivamente patrimonial o de obtención de rentabilidad en el capital, para aportar al bienestar de la humanidad.

La paralización, parcial o total, de algunas actividades económicas, la generalización de la restricción a la libre locomoción de las personas eran quizá situaciones que no lograban preverse tan fácilmente. Esta locomotora, que, desde mediados del siglo XX, no se tomaba un prolongado compás de espera, en su intento de continuar su camino, ha dejado tirados en la carrilera a muchos negocios que han intentado adaptarse a una situación compleja, y en la que muchos gobiernos han tenido que intervenir, especialmente en esas actividades de naturaleza esencial para el devenir social.

Ya lo ha mencionado en forma extensiva Niklas Luhmann, en su teoría de la reproducción de los riesgos conocidos y no conocidos, y podría conectarse con los principales efectos de la pandemia consistentes en poner en evidencia que una situación como la que ha atravesado el mundo en tiempo reciente, en cualquier momento podría volverse a presentar en el futuro, no solo por causa de este tipo de orígenes, sino de cualquier otro. El replanteamiento de los entornos en que se desarrolla la vida laboral, la educación, las interacciones y en general, toda la vida social, no volverán a ser los mismos a aquellos que se desarrollaban antes de la pandemia, algunos con sutiles cambios y otros con visos de radicalidad.

Desde el origen de la actividad aseguradora, especialmente en el siglo XVII con la actividad marítima, las aproximaciones han estado motivadas a reducir la incertidumbre. En su momento, condujeron a ofrecer el amparo, total o parcial, de las posibles consecuencias derivadas de hechos que podrían o no acontecer, y que, de materializarse, ocasionarían una pérdida.
Tales amparos han ido evolucionando al ritmo que plantea nuestra acelerada vida humana y emergen nuevos y cada vez más complejos riesgos.

Podríamos hablar que las incertidumbres tradicionalmente han estado asociadas a acontecimientos con un efecto negativo, tanto que el riesgo, ha sido definido regularmente, desde esta aproximación. Precisamente estos han contado con esquemas de aseguramiento en los portafolios de productos de las aseguradoras a nivel global, en los que se ha contado con la opción de transferencia de las consecuencias asociadas a compañías de seguros. Entre este grupo de riesgos respecto de los cuales existe una elevada y generalizada conciencia, se encuentran los seguros contratados para las afectaciones que puedan sufrir los vehículos, o que con estos se puedan ocasionar, aquellos que contratan las empresas para proteger los activos fijos con los que pueden desempeñar las funciones productoras de sus ingresos ante situaciones de hurto o en general de daños que estos puedan generar, y así mismo, aquellos que procuran proteger de los posibles errores cometidos en el ejercicio profesional por médicos, abogados, contadores, ingenieros, entre otros y que generen cualquier tipo de afectación a otras personas. Así mismo, ha sido común encontrar en los portafolios de las aseguradoras, los amparos ante la muerte, la afectación a la integridad personal, el padecimiento de enfermedades graves y, en fin, sucesos indeseados cuya aparición tiende a desestabilizar a los seres humanos desde la perspectiva funcional, sentimental o racional.

Sin embargo, la acentuación de las incertidumbres que esta pandemia ha traído consigo, ha motivado el elevado nivel de conciencia sobre algunas de estas que quizá no habían sido el centro del debate en la palestra pública.

La operación de cualquier negocio habrá de mapear como uno de sus principales, el riesgo de no poder operar, por hechos exógenos o incluso por orden de autoridad, que podrían estar por fuera de su control, y razonablemente, ocuparse de adoptar para estas estrategias no tradicionales, encaminadas a reducir las incertidumbres. Son pocas las personas y empresas que lograron anticipar los efectos de una paralización como la que el mundo ha atravesado en virtud de la pandemia. Particularmente, el renombrado caso de Wimbledon, quienes bajo las experiencias del SARS en 2003, decidieron contratar un costoso seguro (las primas anuales ascendían a 1.9 millones de dólares) que los amparara de las afectaciones que sufrirían ante eventuales cancelaciones o que implicaran posponer su desarrollo, y que condujo a percibir 142 millones de dólares como consecuencia de materializarse el riesgo cubierto. Algunos debates se han venido suscitando en algunos países, como Francia, en donde algunas empresas que habían contratado pólizas de interrupción de negocios o de lucro cesante, han reclamado a las aseguradoras que, bajo la concepción de una necesaria afectación material, las negaron, y que las ha llevado a enfrentar pleitos ante los estrados judiciales.

Las nuevas dinámicas laborales, implicarán flexibilizar el aseguramiento de los riesgos asociados al trabajo, comprendiendo entre ellos, los propios derivados del ejercicio de las labores desde la vivienda de los trabajadores, o incluso, desde cualquier lugar, bajo las concepciones de esquemas más libres que se hacen cada vez más comunes y explícitas. Con ello, los retos asociados a la soledad y en general, el elevar la conciencia para el desarrollo de estrategias de políticas públicas encaminadas a desplegar acciones para prevenir o cuidar la salud mental. Los retos propios de los líderes, quienes están llamados a adaptarse rápidamente a estos esquemas, y que quizá para todos no supondrá un resultado pacífico, requiriendo el despliegue de estrategias encaminadas a su apoyo, para efectos de evitar la magnificación de errores en el desarrollo de labores por los equipos de trabajo. En este respecto, los programas de beneficios para empleados, habrán de contemplar, valores agregados para promover los encuentros de equipos de trabajo, los incentivos para los líderes que desplieguen acciones encaminados a lograr mantener sus equipos conectados desde la emoción, y así mismo, para elevar los niveles de conciencia respecto de los riesgos relacionados con el manejo de la información.
El elevar la conciencia global sobre este tipo de riesgos, podrá conllevar como consecuencia, la dinamización del mercado de seguros en el que la demanda de este tipo de amparos, quizá genere una mayor oferta, que se esperaría se conviertan cada vez más asequibles. Ahora bien, esto podrá tomarse un tiempo en volverse parte de la realidad.

Renombrados personajes, como Bill Gates, quien hace años había anunciado que el mundo no estaba preparado para afrontar una pandemia que veía próxima a venir, y que ahora se ha anticipado a mencionar que el próximo gran reto global, en el que el mundo pondrá a la humanidad contra las cuerdas, será el cambio climático, que, a pesar de los grandes avances respecto a la conciencia de las sociedades respecto a su responsabilidad y los compromisos suscritos por múltiples países a nivel internacional, carece de acciones determinantes, en las que quizá, como lo ha resaltado el rector de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria, el Financial Times en una de sus elocuentes portadas a finales del año 2019, ha planteado que se deberá resetear el capitalismo como se ha concebido hasta ahora, para migrar hacia uno que como pilar contemple la conciencia de no basar su ejercicio en los recursos no renovables, y en el que la responsabilidad social de las corporaciones, solo tenga como base o premisa, el equilibrio y la necesaria promoción coherente del cuidado de nuestro entorno.

La actividad aseguradora cumple una importante función social que en esencia consiste en el respaldo al desarrollo económico y social. Al igual que en materia de inversiones, en donde se han adoptado los estándares de conciencia ambiental, social y de gobierno corporativo (ESG), ya se han evidenciado experiencias en la suscripción de pólizas que adoptan principios que procuran incentivar, vía tasa, a aquellas empresas y actividades que guardan correspondencia con lo que el mundo está esperando de ellas, y es trascender a un propósito de bienestar para la sociedad, y los diferentes grupos de interés, ya no exclusivamente conformado por los accionistas, sino también por sus empleados, los proveedores, quienes los rodean, los gobiernos, la sociedad, el ambiente, y en fin, todos quienes directa o indirectamente se benefician y/o afectan por el desarrollo de su actividad.

Apelando a las experiencias anteriores derivadas de las pandemias, podrían anticiparse acciones en diferentes frentes que permitan la adopción de medidas de contención, prevención y atención. Remontarse al siglo XVI, cuando se replegó la viruela al aterrizar esa flotilla española que partió de Cuba a México, y en el que falleció un gran número de personas. A finales del siglo XVIII, cuando el capital James Cook llegó a Hawai cuya flotilla a su vez, replegaron la gripe, la tuberculosis, la sífilis, y la fiebre tifoidea y la viruela, que se replegó tiempo después. A principios del siglo XX, con la gripe española, originada en un grupo de soldados en las trincheras del norte de Francia, y que cobró la vida de entre 50 y 100 millones de personas en el mundo. Y desde principios del siglo XXI, las alarmas de brotes de nuevas pestes son crecientes, como la acontecida en 2003 con el SARS, la gripe aviar en 2005, el ébola en 2014, y el H1N1, que hasta el COVID 19, frente a las que, de una u otra forma, con unos u otros impactos, siempre se han logrado adoptar contramedidas eficaces, que han generado un número de víctimas muy bajo en comparación con las situaciones que históricamente se han vivido.

Los avances médicos y tecnológicos hacen que la sociedad enfrente con mayor dinamismo y colaboración global, los efectos que la pandemia generada por el COVID 19, ha producido. La velocidad con la que el mundo ha identificado tratamientos eficaces para afrontar los padecimientos que produce, la expectativa por la pronta puesta en producción de una vacuna que prevenga el contagio y las afecciones producidas por esta enfermedad, y los efectos de datos abiertos y ejercicios colaborativos que la comunidad científica global ha empleado y a su vez, la activa participación de las gestiones y medidas que los países han adoptado para afrontarla, han evidenciado que de un reto quizá catalogado como negativo, esparcido en virtud de la globalización y la alta interconexión del mundo, ha despertado situaciones destacables desde todo punto de vista positivas, que se espera se mantengan hacia futuro.

Precisamente, la capacidad de afrontar enfermedades no previstas por parte de la humanidad y la ciencia, nos llevan a un punto de inflexión de los avances que la inteligencia humana ha logrado hasta el momento, y aquellos que faltan por lograr.

La capacidad de resiliencia de la población a esta pandemia, a pesar del número de víctimas que ha cobrado, nos invita a reflexionar en las capacidades que la adopción de estos avances en otros frentes, puedan llevar a avanzar en la batalla contra las enfermedades a las que se expone la humanidad, y, por ende, a continuar ampliando la expectativa de vida y consecuentemente, que lleven a los seres humanos a vivir por muchos más años que los actuales.

Como expone Harari en su obra Homo Deus, así como aconteció desde los años 50 a la fecha, podría pensarse en volver a duplicar la longevidad de las personas, precisamente en virtud de la intensiva aplicación de técnicas científicas que permitan blindarse de los padecimientos que tradicionalmente han generado las fallas que llevan a la muerte a los seres humanos, y que podrían evitarse o predecirse con mayor exactitud.

Esta reflexión es quizá una de aquellas que desde la perspectiva social tarde que temprano afrontará la humanidad, en la que las compañías de seguros habrán de plantear esquemas disímiles a los que hasta ahora conocemos, con beneficios aún más tangibles, que partan de un supuesto en que sea normal que una persona viva 150 años. Las pensiones, los seguros que amparen la muerte y las enfermedades graves, y en general, los que aborden la integridad personal, quizá tendrían que replanteados para que no pierdan vigencia en una sociedad cada vez más cambiante.

El enfrentar estas incertidumbres desde una perspectiva, ya no negativa, sino positiva, que permita el acceso a coberturas que las reduzcan, podría ser quizá la aproximación que las aseguradoras tendrán que enfrentar en sus ejercicios.

De otra parte, las evidencias suscitadas por esta situación llevan a una necesaria y activa intervención del Estado, no solo de manera directa, sino en alianza con las empresas, y especialmente de las compañías que brindan servicios que ayudan a enfrentar las trampas de pobreza (como es el caso de los préstamos que superan tasas de usura y que exigen un pago diario), como es el caso del sector social, financiero y asegurador, en las que se logre masificar el aseguramiento de la población ante riesgos que los expongan a altas incertidumbres y los lleven a afrontar tanto situaciones negativas como incluso positivas, para lo que el desarrollo de seguros inclusivos (que permitan llegar a esas poblaciones que no cuenten con ningún tipo de protección) y microseguros (que permiten llegar a poblaciones pobres con coberturas económicas y bajos valores asegurados), que sustituyan en el futuro los subsidios directos estatales, pudiendo potencializar los esfuerzos estatales para la población, que en importantes números, enfrenta situaciones de pobreza.

En fin, esta pandemia debería permitir replantear los dilemas que históricamente ha enfrentado la humanidad y así mismo, dinamizar la necesaria reflexión sobre las incertidumbres que cualquiera afronta, en pro de incentivar la apropiación de la cultura del riesgo, y su necesaria intervención o administración, sin quedarse exclusivamente en la esfera negativa, sino que como se mencionó, supondría un despliegue también de los diferentes actores, hacia esfuerzos que comprendan también el acompañamiento en momentos que generan incertidumbres, que podrían administrarse, quizá con información o con asistencias de seguros, o incluso, con amparos de los riesgos residuales que deben ser sometidos a un proceso de aseguramiento.

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