Luis Felipe Estrada Escobar

Abogado, especialista en derecho administrativo, máster en derecho de seguros y LL.M. con énfasis en reaseguro y arbitraje internacional. Consultor independiente. Correo electrónico: lfestrada@estradaaj.com

Hasta que no contemos con el conocimiento y la tecnología -dejando a un lado factores de orden geo-político- para establecer cuál es el origen, la forma en la que se trasmite a los humanos y la cura para el Covid-19, se podría decir que estamos ante un escenario de incertidumbre radical.
Ello significa que además de no contar hoy con información relevante que permita rápidamente establecer su etiología y forma de conjurarlo, tampoco podremos establecer modelos probabilísticos confiables que nos den luces sobre posibles brotes o rebrotes -de éste o de cualquier otro virus-, de tal formar que los Estados, las empresas y los ciudadanos, puedan planear en el corto y mediano plazo las medidas que deban adoptar para tener la menor cantidad posible de pérdidas humanas y materiales.

Precisamente sobre el concepto de incertidumbre radical, tan sólo unos meses antes de que la OMS declarara el Covid-19 como una pandemia global, se publicó el libro -tal vez como una premonición-: Radical Uncertainty: decision-making for an unknowable future, escrito por John Kay y Mervyn King -ex Governor del Banco de Inglaterra-.

En él, estos dos grandes economistas y académicos, se propusieron desmitificar el concepto de incertidumbre, sosteniendo que, a diferencia del concepto de riesgo, aquél tiene una dimensión positiva que incluso induce a los humanos a crear soluciones e ideas innovadoras de acuerdo a una narrativa de futuro particular, y respecto del cual los modelos probabilísticos resultan engañosos. Así, su tesis principal es que, ante situaciones frente a las cuales no tenemos suficiente información, los modelos probabilísticos no tienen utilidad alguna y no es procedente tomar decisiones basados en ellos, pues estarían alimentados o con información insuficiente o con simples percepciones que pueden variar dependiendo del observador.

Uno de los ejemplos que usan para demostrar lo anterior, fue la decisión que en el año 2011 debió tomar el presidente Barack Obama sobre si ordenaba o no el ataque al lugar en donde presuntamente se escondía Osama Bin Laden, en Abbottabad, Pakistan. Dentro de su equipo de asesores, algunos sostuvieron que existían 95% de probabilidades de que allí efectivamente estuviera escondido el líder de Al Qaeda, mientras otros sólo se atrevían a asignarle el 80% y una minoría llegó a vaticinar una probabilidad de tan sólo el 40%. ¿Realmente resultaban útiles o confiables los modelos matemáticos con los que los asesores llegaron a establecer esos números? El presidente Obama definitivamente no pudo sino concluir que estaba ante una situación de incertidumbre radical, simplemente ni él ni sus asesores sabían si Bin Laden se escondía allí, pero sobre él y sólo sobre él, recaería la responsabilidad de la decisión de ordenar el ataque o de abortar la operación. Finalmente la tomó y acertó, pero de poco o nada sirvieron los modelos matemáticos.

¿Será que respecto de la pandemia del Covid-19, las empresas en general y el sector asegurador en particular, se encontrará ante un caso de incertidumbre radical?

Si bien en marzo del 2018, el corredor de seguros Marsh, junto con Munich Re y la compañía Metabiota, lanzaron al mercado la solución Pathogen RX (1), precisamente con el ánimo de ofrecer protección a compañías en Estados Unidos que sufrieran pérdidas financieras con ocasión de una pandemia, hoy los modelos que sustentaron esa solución ante la pandemia del Covid-19 seguramente estarán siendo revaluados y el valor de las primas no será competitivo en el futuro inmediato.

Por su parte, el mundo empresarial bien podría estar concluyendo que los seguros en su esquema clásico resultan insuficientes para cubrir los nuevos grandes riesgos, como lo ha sido esta pandemia, precisamente porque desconocemos sus causas y no tenemos la suficiente información para tratarlos a la luz de modelos probabilísticos confiables o porque el valor de las primas para cubrirlos amenace la operación misma de las empresas, razón por la cual el riesgo de pandemia está excluido de la inmensa mayoría de las coberturas BI existentes.

Ante ese panorama, The Economist en una reciente edición (18/07/20), sostiene que quizá el futuro de la industria aseguradora se encuentre en las alianzas público-privadas que permitan unir esfuerzos entre el sector asegurador y los Estados para contar con esquemas de cobertura de riesgos para afrontar catástrofes como la que estamos viviendo lo que, por una parte, permitiría hacer mucho más eficientes los gastos en los que tienen que incurrir los Estados para salvar o mantener a flote sus economías (se estima que en con ocasión del Covid-19 los Estados han invertido USD $ 5 billones en este propósito) y, por otro, mantener la vigencia de la industria aseguradora que sin duda ha cumplido un papel muy relevante en las economías, el que sólo podría seguir cumpliendo si de alguna manera logra adaptar su esquema clásico a los grandes riesgos del futuro como las pandemias, los ataques cibernéticos o el cambio climático.

  1. https://www.marsh.com/ca/en/press-centre/marsh-to-help-businesses-minimize-financial-loss-from-pandemics.html

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