Instituto Ingenio (CSIC- Universidad Politécnica de Valencia)

En la década de los 70 dos filósofos alemanes – H. Jonas y K.O. Apel – ante la amenaza de la guerra nuclear y conscientes del enorme poder destructor de la tecnología llamaron la atención sobre la necesidad de una ética global. Su planteamiento fue que necesitábamos una ética global al nivel del riesgo que nos acechaba (Apel, 1973; Jonas, 1979). Creo que esta afirmación es muy adecuada a nuestra situación: necesitamos una reflexión y un comportamiento ético, no solo que nos permita minimizar los daños de la pandemia, sino que nos ayude a construir una sociedad post-pandemia mejor.

El mundo está enfrentando una situación que no se había visto en los últimos 70 años. Y aunque es cierto que pandemias, desastres naturales, desgracias humanas y sufrimiento ha habido mucho en estas décadas, lo cierto es que es la primera vez en la que todo el planeta se enfrenta a una situación de esta magnitud y que afecta con especial dureza a algunos países ricos que no habían visto nada igual en generaciones. De esta dramática situación se pueden y se deben sacar muchas lecciones y debemos empezar ya a pensar cómo construir una sociedad pos-pandemia más justa y con menos sufrimiento. Y en esta tarea de pensar el futuro que queremos, la filosofía, y en concreto la ética tiene un papel central.

Lo que deberíamos aprender de la pandemia

En este breve artículo quiero presentar los desafíos éticos a los que nos enfrentamos y plantear algunas propuestas de comportamientos que vamos a tener que asumir en nuestro futuro quehacer cotidiano. Empezaré por plantear tres temas sobre los que esta pandemia nos ha confrontado: el sentimiento de vulnerabilidad, la interdependencia, y el dilema entre libertad y control.

Según el filósofo alemán Jürgen Habermas, la experiencia de vulnerabilidad es una intuición moral que incita a la reflexión sobre la justicia. El sentimiento de vulnerabilidad, propia y ajena, es la raíz de la justicia (entendida como la exigencia de respeto hacia cada persona) y de la solidaridad (como reconocimiento recíproco de los individuos como miembros de una comunidad) (Habermas, 1991). Pero la pregunta clave ahora es: ¿está presente ese sentimiento de vulnerabilidad en los ciudadanos de sociedades acomodadas? Mi impresión general es que ese sentimiento o intuición estaba bastante adormecido y que este virus nos ha venido a despertar del sueño de la seguridad e invulnerabilidad. Siempre tendemos a pensar que las desgracias no nos van a llegar a nosotros, que nuestro sistema de salud, nuestra ciencia y nuestra tecnología nos protegen. Esta pandemia nos ha hecho ser conscientes de que no es así y que hay situaciones impredecibles y riesgos difícilmente controlables, y que la enfermedad no conoce fronteras ni clases sociales (aunque obviamente no todo el mundo sufre igual).

El segundo pilar que se tambalea es nuestra idea de ser sujetos independientes que nos bastamos para vivir como queramos. La arrogancia individualista de pensar que yo me cuido a mí y a los míos; o de que “cada uno resuelva sus problemas” no es válida en esta situación. La interdependencia se manifiesta especialmente en esta pandemia. Nuestra salud depende en gran medida de los comportamientos de otras personas, y nuestro comportamiento puede contribuir a propagar o a mitigar el contagio. Nuestra salud depende de muchas personas y de muchas decisiones de personas a las que no conozco y que pueden estar a kilómetros de mí y en un mundo social lejano, pero que sufren igual que puedo sufrir yo. Ya hace años que la filósofa Adela Cortina viene proponiendo una ética de la razón cordial (Cortina, 2007). Una concepción de nuestras obligaciones éticas que parten del reconocimiento de la experiencia de vinculación (ligatio) con el semejante y donde la dimensión cordial (cor-cordis) y el reconocimiento recíproco son condiciones indispensables para la justicia.

El tercer gran pilar que se tambalea es la idea de la libertad de acción. La idea de que libertad es “hacer lo que uno quiera” es una idea muy cuestionada filosóficamente desde hace años, pero muy extendida en la sociedad. Y, en parte, debida a esa concepción superficial de la libertad se presenta el dilema del control. Algunas personas afirman que no permitirme salir a la calle es totalitarismo, algo que obviamente es un error. La esencia de las normas justas es su fundamentación. El totalitarismo se basa en el uso arbitrario del poder, mientras que las leyes justas se fundamentan en las razones que tenemos para proponerlas. En estos días, cuando se nos prohíbe salir a la calle o reunirnos para evitar un daño concreto, grave e irreversible, no es totalitarismo, sino responsabilidad. El riesgo que existe es que estas estrategias de control se extiendan más allá de la situación de peligro. Algunos gobiernos han desarrollado mecanismos tecnológicos para el seguimiento de los ciudadanos como una estrategia para controlar la propagación del virus, y esto puede ser un buen medio para un buen fin. Estamos en una situación en que el comportamiento individual de cada uno de nosotros es clave para el bienestar general. Y el miedo a contagiarse y enfermar es el motivo para cumplir las normas de control de la libertad que se nos impone. El temor es que ese control, que la mayoría de los ciudadanos asumimos de buen grado por la salud pública, pueda extenderse en el futuro para otros fines. El problema es cuando esos instrumentos y esas técnicas de control se extienden más allá de esta situación y cambian de objetivo. Esto es algo que los países con democracias consolidadas deberían asegurarse de que no pase.

Como afirma el Comité de Ética Alemán: “Incluso en situaciones excepcionales de una emergencia extendida y catastrófica, el Estado está obligado por deber no solo a salvar cuantas más vidas posibles, sino también, y sobre todo, a mantener los fundamentos del sistema legal” (Deutscher Ethikrat, 2020:4).

Resumiendo, esta pandemia ha puesto de manifiesto que no somos ni tan fuertes, ni tan independientes, ni tan libres como pensábamos. Este reconocimiento es una apelación a la humildad intelectual y personal, y a una actitud ética guiada por el principio fundamental de preservar la vida.

Los valores esenciales post-pandemia

Tras esta toma de conciencia, ahora la pregunta es: ¿y qué deberíamos cambiar en el futuro? A mi juicio, y pensando en el comportamiento de las personas, hay fundamentalmente cuatro valores que deberíamos desarrollar con más intensidad de lo que lo hemos hecho en las últimas décadas: humildad, compasión, responsabilidad, y respeto.

Una de las grandes citas de la filosofía es “solo sé que no sé nada”. Cita que se atribuye a Sócrates en el S. V a. C y con la que combatía la arrogancia intelectual de los Sofistas. Esta afirmación es más una declaración de principios que una constatación de un hecho. La actitud de reconocimiento de mis limitaciones es condición previa de mi posibilidades de seguir aprendiendo y de esforzarme por mejorar mis capacidades. Escuchar a quienes saben, no hablar de lo que no se sabe, y valorar el conocimiento debe ser un rasgo del carácter de las personas responsables. El mundo es un sistema complejo del que cada vez sabemos más, pero también deberíamos ser conscientes de nuestras limitaciones cognitivas y de que necesitamos la aportación del conocimiento y habilidades de otras personas para la mayoría nuestras decisiones cotidianas.

La compasión ante el dolor ajeno, la empatía por la situación de otra persona es la capacidad que tengo de “ponerme en lugar de otros” y sentir como se sentiría esa persona. Esta capacidad de ponerse en lugar de otra persona es un rasgo esencial de la especie humana. Como afirmó hace más de doscientos años Adam Smith en su libro “Teoría de los sentimientos morales” (Smith, 1759), la pena o la compasión es el sentimiento que tenemos frente a la desgracia ajena cuando la vemos o la imaginamos vívidamente. Este sentimiento moral debería estar presente en nuestra sociedad futura donde siempre habrá personas que sufran y necesiten nuestra ayuda. La “aporofobia” (el desprecio al pobre, al marginado) es, según Adela Cortina, una de las mayores vergüenzas de nuestra sociedad (Cortina, 2017). Quizá nuestra reciente experiencia de vulnerabilidad y de ver que podemos estar en lugar de los más desfavorecidos debería hacernos actuar y construir una sociedad con sensibilidad hacia quienes sufren. Los sentimientos no justifican lo que debemos hacer, pero sí nos ayudan a comprender y nos motivan a pensar sobre la justicia o injusticia de las situaciones.

El tercer valor que deberíamos potenciar es la responsabilidad. La responsabilidad es la capacidad de responder por nuestras acciones y decisiones ante otras personas. Desde que el ser humano empezó a vivir en comunidad las acciones de unos generaban consecuencias positivas o negativas en sus vecinos. Con el crecimiento de los grupos humanos y su interacción, así como con el poder de acción que nos brinda el conocimiento y la tecnología, esta capacidad de afectar a otros ha crecido de forma exponencial. Tenemos que ser muy conscientes de que mis acciones y decisiones afectan a muchas personas. Esto lo hemos visto claramente en esta pandemia donde las medidas de protección solo funcionan si todo el mundo actúa consciente de los impactos materiales, económicos, y simbólicos de sus actos. Así, la responsabilidad tiene que ser un rasgo del comportamiento individual e institucional en el futuro. No se trata solo de pensar, imaginar o calcular el impacto de mis decisiones para mí o mi grupo, sino que se trata de evaluar y priorizar reflexivamente las consecuencias de mis acciones y decisiones más allá de mis intereses.

Y el último valor que deberemos fomentar con más insistencia es el de respeto. Respeto proviene del latín “respicere” cuya traducción hoy sería “mirar con atención a algo”, “volver a mirar”; por lo que podemos afirmar, que una primera definición del concepto tiene que ver con prestar atención particular a un objeto o persona, y sería lo opuesto a la indiferencia, la negligencia o la falta de atención. El respeto es una expresión de la capacidad de analizar, deliberar, y considerar reflexivamente el objeto, persona o fenómeno a respetar. Es decir, el respeto tiene una dimensión racional esencial; respetamos a alguien o algo porque tenemos razones para hacerlo. Aquí nos interesa el concepto de respeto como reconocimiento que implica la valoración (estima) de las personas como miembro de la comunidad humana que poseen dignidad y no precio.

Kant reconoció hace más de doscientos años, que respeto es un sentimiento que emerge espontáneamente desde el concepto de razón y que se manifiesta en la voluntad de cumplir con la norma moral por su reconocimiento como principio del deber y no por los beneficios que pueda aportar o los castigos que conlleve su incumplimiento (Kant, 1785). El concepto de respeto en Kant está asociado a la idea de dignidad y de valor en sí mismo. De esta idea de dignidad emana el imperativo de considerar a cada persona como un ser valioso en sí mismo y no como un mero medio para otro fin.

Estos serían, a mi juicio, los valores fundamentales que deberíamos observar en nuestro comportamiento individual y que contribuirían a la construcción de un mundo post-pandemia más justo. Pero no basta con el comportamiento individual. También es oportuno que las instituciones sociales publicas y privadas actúen en esta dirección.

La aportación de la regulación

Creo que sería muy oportuno que las instituciones políticas escucharan la voz del premio Nobel de economía Amartya Sen cuando afirma que: “Una preocupación por la equidad en la gestión de la crisis reduciría el sufrimiento en muchos países ahora, y nos ofrecería nuevas ideas para construir un mundo menos desigual en el futuro” (Sen, 2020), y aprovecharan esta dramática situación para ayudar construir una sociedad más justa.

Sin duda una de las tareas importantes será la regulación y orientación normativa que deben diseñar e implementar las instituciones públicas. A mi juicio los retos de la regulación en un mundo post-pandemia se presentan en dos niveles: el de la fundamentación y el de la aplicación. No se trata tanto de qué regulaciones imponemos sino de por qué. Creo que hemos visto que la ciudadanía está dispuesta a aceptar restricciones a sus actividades más cotidianas cuando cree que hay una razón de peso para ello. Esto debería recordar a los legisladores la importancia de la legitimidad de las normas y de la necesidad de explicación pública de dichas normas. Desde un punto de vista normativo esto significa que las limitaciones o restricciones de derechos fundamentales deben estar justificadas permanentemente (Deutscher Ethikrat, 2020).

Según Habermas, la legitimidad de las normas jurídicas debe ser resultado de procesos reflexivos permeables a los discursos morales (Habermas, 1991). Es decir, las normas deben tener un fundamento ético que atienda al menos a dos criterios básicos: que tenga en cuenta a todos los posibles afectados por la norma; y que esté guiado por interses universalizables.

Por lo que hace al nivel de aplicación de la norma hay que destacar la importancia de la flexibilidad y el dinamismo para adaptarse a circunstancias cambiantes. Es un hecho indiscutible que el cambio es el signo de nuestro tiempo y que, como ha demostrado esta pandemia, las condiciones de vida pueden cambiar radicalmente y de forma inesperada de un día para otro. Como ha recordado Frank José Ospina en otro artículo de esta serie: “La regulación persigue realidades sociales. (..) El contexto regulatorio (…) estaba preparado para situaciones ordinarias, pero ni mucho menos para afrontar la situación actual” (Ospina, 2020). La regulación tiene que esforzarse por adaptarse a esa condición y una forma de hacerlo, a mi humilde parecer, es fortaleciendo su dimensión pedagógica. Solemos centrarnos en la dimensión reguladora y punitiva de las normas y nos olvidamos de la dimensión educativa. Un buen sistema regulatorio tiene que ayudar a las personas a comprender su sentido y educar la voluntad para que, como decía Kant, actuemos por respeto al deber y no solo de acuerdo al deber (Kant, 1787). Un sistema legal democráticamente fundamentado y bien explicado contribuiría a la formación de la voluntad de los ciudadanos que tienen que cumplir esa norma, a la vez que facilitaría su flexibilidad y adaptación a los contextos sociales.

Sin duda vivimos tiempos inciertos, y en estos tiempos es cuando la filosofía más nos puede servir: para hacer autocrítica y aprender de los errores del pasado; para pensar el futuro que queremos y justificarlo; y para construirlo desde una concepción de justicia que tenga como centro la dignidad de todas las personas.

Referencias bibliográficas

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